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14 de mayo de 20266 min

Dónde comer en Puebla: de la tradición a la nueva cocina

Dónde comer en Puebla: de la tradición a la nueva cocina

¿Existe en México una ciudad donde la comida sea, literalmente, patrimonio? Puebla lo es. La cocina mexicana fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2010, y Puebla ocupa un lugar central en esa historia: aquí nacieron dos de los platillos más complejos del país, el mole poblano y los chiles en nogada.

Empecemos por la tradición, porque en Puebla es el cimiento. El mole poblano —esa salsa de más de veinte ingredientes, con varios chiles secos, chocolate, especias y semillas que toma horas preparar— es el emblema. Pero el repertorio es vasto: las cemitas, ese pan de ajonjolí relleno de milanesa, quesillo, aguacate y pápalo; las chalupas, pequeñas tortillas fritas con salsa y carne deshebrada que se comen a puños; y los tacos árabes, herencia de la inmigración libanesa de principios del siglo XX, carne de cerdo en pan tipo pita. Puebla es, con razón, considerada una de las capitales de la cocina tradicional mexicana. En diciembre de 2025, la plataforma TasteAtlas la ubicó en el puesto 50 de las 100 mejores ciudades gastronómicas del mundo, precisamente por sus tacos árabes, chalupas y mole.

¿Dónde se vive esa tradición? En los mercados. El Mercado de Sabores Poblanos y el Mercado El Alto son el laboratorio popular donde la cemita y la chalupa se comen como deben comerse. Y el ritual de elegir la carne y verla asarse al momento —esa coreografía de humo y brasa— es una experiencia en sí misma.

Pero Puebla no se quedó en la nostalgia. La escena contemporánea tiene nombre propio. El chef Ángel Vázquez, referente de la cocina poblana contemporánea, sostiene dos proyectos complementarios: Augurio, en el Centro Histórico, dedicado a rescatar el recetario familiar y los grandes moles; e Intro, fundado en 2003, donde la cocina de autor cruza influencias de la India, Tailandia, Francia y Marruecos. A su lado, una generación más joven empuja con fuerza: Moyuelo, del chef Fernando Hernández, lleva más de una década (desde 2014) evolucionando la cocina poblana; Cultivo, del chef Chris Marín, construye menús de temporada que cuentan historias de primavera a invierno; y propuestas como Mezcalli, de la chef Liz Galicia en el barrio de Analco, giran en torno al mezcal con alrededor de cien etiquetas.

Conviene la honestidad: Puebla vive una tensión interesante. A pesar de su patrimonio, ningún restaurante poblano figuró en la lista Latin America's 50 Best Restaurants 2025 —que coronó a Quintonil (CDMX) como mejor restaurante de México y estuvo dominada por la capital, Guadalajara, Ensenada y el Valle de Guadalupe. Para algunos es una llamada de atención; para el comensal, es la prueba de que la mejor cocina de Puebla todavía se come sin reservación, en una fonda o un mercado, lejos de los reflectores.

Y luego está el cinturón de Cholula y Analco: barrios en repunte donde conviven barras de mezcal, cafeterías de especialidad, vinos naturales y cocinas jóvenes que experimentan sin pedir permiso. ¿El resultado? Una ciudad donde se puede desayunar memelas en un mercado, comer un mole de receta familiar al mediodía y cenar cocina de autor con maridaje por la noche.

¿Por qué importa esto para quien vive —y no solo visita— Puebla? Porque comer bien todos los días, no solo en vacaciones, es uno de los lujos más subestimados. Para el residente de flex-living, la ciudad entera es la despensa y el comedor. Y esa es, quizá, la mejor razón para quedarse más de unos días.